¿Puede una persona cambiar de opinión de la misma forma que cambia de peinado?
¿Puede alguien olvidarse de una persona a la que ha querido con la misma facilidad que olvida los ojos de un desconocido?
Y, ¿puede alguien enamorarse de otra persona solo con verla sonreír?
Hay tantas preguntas sin respuesta...
Tal y como yo lo veo, las personas son como el viento. Sus opiniones y sentimientos son como las hojas secas que acaban de caer en pleno otoño y se mueven, sin rumbo aparente, guiadas por el vaivén de la brisa que sopla con suavidad a la caída del sol.
Es entonces, en el momento que entiendes que el viento es incontrolable, cuando te das cuenta de que, igual, las personas son impredecibles.
Aunque cuesta, si uno se hace el valiente y tiene los cojones de querer a otro sin precedentes ni condicionales, tendrá que asumir que su vida nunca más volverá a ser la de antes, porque siempre habrá un ser impredecible a su lado que se encargará de que cada día sea diferente. Y, seamos sinceros, eso, acojona.
Pero supongo que en eso consiste querer(te), en no saber nunca lo que va a pasar y aún así, desear siempre que pase.
No hay comentarios:
Publicar un comentario