El ser humano es adicto a todo aquello que lo hiere, lo desgasta, a todo lo que acaba con el a la velocidad a la que pasea una tortuga. Adicto a lo que le rompe el corazón y le tortura el alma; a lo que lo hace trizas. Adicto a la traición y a las personas tóxicas.
Tengo la teoría de que lo que lo hace adicto es vivir aferrado al pasado.
Al pasado de todo aquello que antes de herirlo lo hizo inmensamente feliz. A todas aquellas personas que antes que Judas fueron hermanos, que antes que Sur, fueron Norte. Su Norte.
Conservan la esperanza de que todo puede ser de otra manera y esa es la mayor tortura. A veces duele mas intentar retener algo, por mucho que lo queramos a nuestro lado, que soltar y dejarlo ir.
Lo peor, es que lo sabemos, conocemos el dolor, y aún así queremos revivir la historia. Queremos abrir la brújula y que vuelva a señalar al Norte, aunque este vuelva a ser fugaz.
Echar en falta aquello que nos hace daño debería ser un pecado capital. Y aún así, pecaríamos. Pecaríamos hasta el último instante. Buscaríamos el Norte hasta volver a perdernos.
Una y otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez...
Y seguiría siendo inevitable no echarlo de menos. No necesitarlo. Como el drogadicto necesita a la heroína. El alcohólico a la bebida. O yo a ti.
Fdo. Tu N.